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sábado, 10 de julio de 2010

Los animales también se quieren (Parte 3)


Con respecto a la protección de las especies (mencionada por Lorenz) no es fácil de entender sino se profundiza un poco en las costumbres de los animales. Los humanos no seríamos capaces de abandonar a un niño enfermo recién nacido, pero los animales, en su mayoría no sienten una devoción tan enorme por su descendencia. En muchas especies, después del parto la hembra examina a su cría antes de aceptarlo. El reconocimiento que realízala madre consiste en olfatear y lamer al recién nacido.

En algunas aves también se emplea el oído para esta inspección. Este primer contacto despierta, o no los sentimientos maternales de la hembra. Si no resulta satisfactorio, se produce un rechazo total.

Una vez que la madre ha identificado a su cría, la defiende a capa y espada, a veces incluso contra los miembros de la propia familia. El hecho de que una cría sólo pueda ser criada por su madre y las demás hembras no estén dispuestas a adoptarla es –aunque pueda parecer raro- imprescindible para la conservación de las especies. Si una cría pudiese extraviarse sin más y encontrar protección y alimento en cualquier otra hembra, habría algunas madres ociosas y otras con exceso de trabajo. En tal caso, muchas crías se verían condenadas a morir.

En ocasiones, la agresividad no sólo es importante, sino que resulta vital. Pero si no se controla puede conducir al caos y exterminio. Para evitar estos extremos, la naturaleza dota a los animales de resortes de bloqueo que hacen posible la reconciliación y permiten la vuelta a la convivencia pacifica: el lobo más fuerte, que acaba de vencer a su rival, es incapaz de darle el golpe definitivo. El contrario que está en inferioridad da muestras de rendición y el vencedor acepta la paz sin ensañarse con él.

El hámster macho sólo es aceptado por su agresiva compañera cuando le manifiesta modales inequívocos de sumisión y se comporta como si todavía fuese una cría indefensa. Esta regresión al comportamiento infantil, como táctica de aproximación amorosa, es también bastante frecuente en el reino animal.

Hay otros romances animales menos agresivos, pero todos siguen un curioso ritual. En época de celo, ciertos peces provocan a la hembra luciendo sus colores más vivos y hacen los mismos movimientos que cuando se disponen a pelear con otros machos de su especie, nadando muy excitados a su alrededor y golpeándole el costado con la cola. Al poco tiempo la hembra, si ha sido conquistada, repliega sus aletas para indicar que acepta la cópula, una vez de acuerdo ambos se dedican a buscar un lugar adecuado para instalar su alcoba. Cuando lo encuentran, el macho se encarga de excavar un pequeño hoyo donde la hembra hará su puesta y él fecundará los huevos depositados.

En la mayoría de las aves, sólo se puede realizar la cópula si la hembra está dispuesta. El gallo, por ejemplo, puede cacarear hasta quedarse afónico y presumir cuando quiera: si la gallina no lo desea, no podrá cubrirla. Sólo los anátidos machos, entre los que se encuentran los patos y los cisnes, tienen menos complicaciones.

Fuente Revista Muy Interesante

Los animales también se quieren (Parte 1)


En la mayoróa de los animales, los comportamientos amorosos combinan un extraño ritual de agresividad y ternura. La naturaleza, como todos sabemos, es sabia y tiene sus trucos para perpetuarse.

El amor y el odio están separados por un límite muy delgado. En el reino animal esto es casi una ley. Cualquiera que haya tenido la extraña oportunidad de presenciar los escarceos amorosos de dos rinocerontes podrá confirmar lo que estoy diciendo. Estos gigantes de casi dos toneladas chocan entre sí una y otra vez en encontronazos de una violencia tremenda, con maneras más propias de un ring de boxeo que de una ceremonia de bodas. Hasta que no se liberen de su agresividad, a través de embestidas y duros golpes, no mostrarán buenos modales y mucho menos enamorados.

Otro ejemplo de ello es la fogosidad amorosa de los tigres de Bengala. La ceremonia nupcial de estos felinos se inicia con una exhibición mutua de sus colmillos acompañados de tremendos rugidos y zarpazos que no son de broma. Luego de este breve pero intenso encontronazo, la hembra se tranquiliza y permite que el macho la monte. Pero una vez concluida esta situación amorosa tendrá que huir rápidamente porque, no se la causa, en su compañera van a aparecer unas extrañas ganas de matarlo.

En fin, a pesar de este humor cambiante de la tigresa, entre ella y su compañero se mantendrá a partir de ese entonces una relación duradera con sucesivos encuentros como el que te contamos.
Por supuesto que no todos los mamíferos muestran la misma ambigüedad entre ternura y violencia. Y esta antinomia tampoco es exclusiva de los mamíferos. Por ejemplo, el Sula bassana o alcatraz común (un ave marina pariente del pelicano) se ha hecho famoso por sus combates nupciales a picotazo limpio.

El apareamiento entre estos animales tiene un preámbulo muy poco romántico: todos los días, el macho le propina una gran paliza a la hembra, que se la deja dar resignada. Lo curioso es que la hembra no es menos fuerte que el macho, pero si se resistiese nunca llegaría a producirse el encuentro amoroso, o el macho se limitaría a buscar una compañera más sacrificada. Las hembras de alcatraz saben por instinto que con el tiempo, estos palos se convertirán en mimos.

Fuente Revista Muy Interesante

El Manifiesto Ambiental de Noah Sealth (merece la pena...)

Recomiendo leer esta entrada: http://blogdeochoa.blogspot.com/2010/07/el-manifiesto-ambiental-de-noah-sealth.html

Saludos, 8a.